Mostrando las entradas con la etiqueta cuentos y reflexiones.... Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta cuentos y reflexiones.... Mostrar todas las entradas

jueves, 8 de febrero de 2018

Las tres rejas

Las Tres Rejas:
El joven discípulo de un filósofo sabio llega a casa de éste y le dice:
- Oye maestro, un amigo tuyo estuvo hablando de ti con malevolencia.....
- !Espera! - lo interrumpe el filosofo - ¿ya hiciste pasar por las tres rejas lo que vas a contarme?
- ¿Las tres rejas?
- Si. La primera es la verdad. ¿Estas seguro de que lo que quieres decirme es absolutamente cierto?
- No. Lo oí comentar a unos vecinos.
- Al menos lo habrás hecho pasar por la segunda reja, que es la bondad. Eso que deseas decirme, ¿es bueno para alguien?.
- No, en realidad no. Al contrario...
- !Ah, vaya! La última reja es la necesidad. ¿Es necesario hacerme saber eso que tanto te inquieta?
- A decir verdad, no.
- Entonces, dijo el sabio sonriendo
- Si no sabemos si es verdad, ni bueno, ni necesario, sepultémoslo en el olvido.
Desconocido.

jueves, 28 de julio de 2016

El pájaro carpintero y el pichón cuento Nahuátl




El cuento del pájaro carpintero y el pichón
Voy a contarles el cuento del pichón y el pájaro carpintero.
El pájaro carpintero era un músico y acostumbraba ir a tocar a todas las fiestas. Pero le daba pena porque su ropa era de un color muy triste.
Por eso le dijo un día al pichón:
—¿Por qué no me presta su traje para ponérmelo? El color del mío es muy triste y me da pena, porque yo siempre voy a tocar a las fiestas. Por favor, le suplico que me lo preste para ponérmelo esta noche, pues el es muy bonito.
Entonces el pichón le contestó:
—No, no se lo prestaré, porque es el único traje que tengo.
Pero el carpintero insistío, diciéndole:
—Préstemelo; es nada más por una noche.
El pichón contestó:
—No, no se lo daré, porque me dar vergüenza andar desnudo.
El pájaro carpintero dijo:
—No se preocupe por eso. Yo le presto mi traje para que se lo ponga. Es solamente por esta noche.
El pichón dijo:
—Bueno.
Así que, le prestó su traje al carpintero y él se puso el traje del carpintero.
Entonces el pichón dijo:
—¡Oh, oh! su traje está muy feo, y además está roto.
Pero el carpintero insistió, y le dijo:
—Solamente por esta noche quiero usar su traje y mañana se lo devuelvo. Ya me voy, porque es hora de irme al baile. Yo soy el encargado. Yo soy quien toca la caja.
Así que, el carpintero se fue y el pichón se quedó allí esa noche.
Al día siguiente el pichón estuvo esperando el regreso del pájaro carpintero. Esperó mucho tiempo, pero el carpintero no apareció. Entonces el pichón se puso a llorar a gritos, porque tenía hambre y no podía ir a buscar su comida, pues el traje que llevaba puesto estaba roto y le daba pena que lo vieran así.
Por eso se quedó allí mismo y lloró toda la noche, porque el carpintero no regresó nunca con su traje.
Así fue como el pichón aprendió que nunca es bueno prestar cosas a las personas sin antes conocerlas bien.
Así es como termina este cuento.

sábado, 30 de agosto de 2014

La leyenda del pájaro Toh

Esta es la Leyenda del Solitario pájaro Toh, contada por habitantes de Cancún, Mérida, Tulúm y otros sitios del Mayab.
El Toh era uno de los pájaros reales que vivían en el reino de las aves de la tierra maya, en tiempos remotos.
En aquel entonces, tenía una larga, delicada y brillante cola de muchos colores, que lo hacían verse tan hermoso como el mismo rey Kukul. Por eso era admirado por las otras aves. Pero esto lo volvió orgulloso y arrogante.
En lugar de trabajar, se reunía con otros pájaros reales en las más frescas profundidades de la selva, donde pasaba todo el día contando historias y alimentándose en las tardes de insectos y lagartijas. Aún entonces, el Toh pedía a sus compañeros que le buscaran la comida, para no maltratar las plumas de su larga y hermosa cola.
Una tarde, negras nubes aparecieron en el cielo anunciando tormenta. Se convocó entonces a una reunión de emergencia de las aves para protegerse, asignando a cada una su tarea específica.
Chujut, el carpintero; Panchel, el tucán y Mox, Xtut y Exikin, los pericos y guacamayos, se dedicaron a cortar ramas para construir un refugio. Bach, la chachalaca y Cutz, el pavo de monte, llevaron las ramas más pesadas. Los pájaros pequeños, como cuervos y oropéndulas, se encargaron de juntar pastos y pequeñas plantas para cubrir el refugio.
Otras aves colectaron frutos y semillas como alimento, y algunas más se dedicaron a alertar a los animales de la selva. Entre todas ellas, Oc, el zopilote rey, actuó como jefe.
Sólo el pájaro Toh se negó a realizar cualquier trabajo, alegando ser “un aristócrata, no un obrero”. Las demás aves le decían que todos lo iban a sentir mucho si la tormenta los encontraba desprevenidos y le urgían a trabajar con ellos. Indignado el elegante pájaro, tomó su lugar entre los constructores del refugio. Pero no pasaron muchos minutos y ya se sentía cansado y sudoroso, de modo que esperó a que nadie lo viera y se escapó metiéndose entre los arbustos cercanos.
Ahí encontró un buen lugar para esconderse: las grietas de una pared de piedra. Se metió en el agujero, se acurrucó y se dispuso a dormir. Convencido de la efectividad del escondite, no se dio cuenta de que su larga cola colgaba fuera del refugio, sobre un camino donde los trabajadores pasaban con su carga.
Tiempo después, el pájaro Toh se despertó y escuchó a los otros pájaros cantar. La tormenta había terminado sin hacer mucho daño y todo el reino de las aves se regocijaba por la buena suerte. Salió de su agujero y voló hacia el refugio, donde preguntó a las demás aves si también se sentían cansados como él luego del exhausto trabajo realizado. Todos los pájaros asintieron, pero aseguraron que la labor fue necesaria para salvar el bosque y sus habitantes de lo que pudo convertirse en un gran desastre.
Entonces, los pájaros reales llamaron al Toh y juntos volaron a su lugar favorito para posarse entre la selva. Como siempre, el Toh se colocó en el lugar más alto del grupo, para que todos pudieran admirar su hermosa cola. En eso, uno de los compañeros del grupo se empezó a reír de Toh, señalando su cola. Poco a poco todas las demás aves hicieron lo mismo, diciéndole: “Tu cola está arruinada. Seguramente la dañaste cuando trabajaste tanto como dices”.
El pájaro Toh estaba seguro de que aquello era una broma, hasta que se miró y vio sólo dos largas varas desnudas colgando y terminando en un pequeño conjunto de plumas, como dos flechas.
Horrorizado, se dio cuenta de lo que había ocurrido mientras dormía. El engreído pájaro reconoció su culpa, pero no podía soportar que sus amigos supieran la verdad. Su orgullo pudo más que él y se alejó volando hacia la parte más inaccesible de la selva. Ahí cavó un hoyo en un banco de material y se metió en él.
Hasta nuestros días, el Toh permanece como recluso en la selva, evita a las otras aves y hace su casa en agujeros de las cuevas, que dan acceso a Xibalba.

domingo, 24 de agosto de 2014

LA PRINCESA XÓCHITL Y EL DESCUBRIMIENTO DEL PULQUE

LA PRINCESA XÓCHITL Y EL DESCUBRIMIENTO DEL PULQUE
El descubrimiento de esta notable bebida ocurrió en Tollan, hoy conocida como Tula, en el actual estado de Hidalgo. Esto ocurrió alrededor del año 1,000, d.C. En esta época los estudiosos de la historia antigua de México coinciden en que es el momento del florecimiento de la cultura tolteca en el área mesoamericana. En la ciudad de Tula habitaba una doncella muy hermosa llamada Xóchitl, quien era hija del notable personaje de nombre Papantzin. Así pues, esta hermosa muchacha haciéndose acompañar de su padre, se presentó ante Tecpancaltzin, señor de Tula, a quien le ofreció una preciosa jícara o izcalli repleto de un líquido blancuzco cuyo sabor era ligeramente agridulce, espumoso y muy grato al paladar. Xóchitl y su padre obtuvieron este néctar del corazón del metl o maguey. Iba Xóchitl muy bien vestida con su cabello perfectamente peinado y se acercó al trono o icpalli del gobernante de Tula con la jícara rebosante del espumoso licor y se lo ofreció a su señor. Tecpancaltzin probó la bebida que le convidó la doncella y lo saboreó como algo exquisito que nunca antes había probado. Tecpancaltzin le otorgó toda clase de halagos a Xóchitl y a su padre. Como dicha bebida todavía no tenía nombre, se le puso ahí mismo el calificativo de octli. Tecpancaltzin no dejaba de observar a Xóchitl de quien se enamoró profundamente. Celebraron juntos el descubrimiento del jugo del metl que probaron todos los miembros del gobierno a la vez que el tlatoani de Tula no dejaba de admirar a la joven doncella.
Al poco tiempo de estos acontecimientos y después de meditar mucho el asunto, el señor de Tula tomó la decisión de raptar a la joven Xóchitl, en un acto de abuso de poder, y la tuvo oculta para amarla en un lugar secreto pues ya estaba casado con otra mujer. Pasaron los años y murió la legítima esposa de Tecpancaltzin y Xóchitl ocupó su lugar de inmediato. Tecpancaltzin y Xóchitl tuvieron un hijo antes de desposarse a quien años más tarde cuando su padre se sintió viejo y enfermo le fue heredado el poder. El nombre de éste hijo bastardo fue el de Topiltzin (“ el justiciero”), a quien, por cierto, los astrólogos, y entre ellos el célebre Hueman, le predijeron que había venido al mundo con malos augurios y se le vaticinaba que bajo su mando sería destruida la ciudad de Tula. Desgraciadamente así sucedió ya que, abusando de la bebida que había descubierto Xóchitl, los toltecas olvidaron, por efecto del estado de embriaguez, los deberes de la ciudad, y llegaron hasta el punto de profanar los templos de los dioses. Por lo mismo sobrevinieron muchas calamidades, la más sobresaliente de éstas, fue cuando se vino una lluvia de sapos que destruyó las sementeras; más tarde vinieron plagas de langosta, gusaneras, heladas y temporales que desbastaban las siembras y acabaron con las magueyeras. Para colmo de los males, sobrevino una guerra emprendida por una tribu de Xalisco contra Topiltzin que acabó por debilitar a la ciudad de Tula. Cuenta la leyenda que, siendo Xóchitl una mujer de edad avanzada y sintiéndose culpable por las calamidades que le pasaban a su pueblo, se puso su traje de guerra para combatir al enemigo encontrando una muerte heroica en esa batalla. Así termina la vida de esta célebre mujer descubridora del pulque.

El ratoncito


Érase una ratoncito que buscaba un queso.El mas delicioso,con un sabor unico.
Y buscaba y buscaba
El día en que lo encontró
no podía creérselo.
Lo miraba y lo miraba
O es un espejismo o es una trampa, pensó.
Y decidio siguir su camino, buscando,
como si nunca lo hubiera hallado...

viernes, 8 de agosto de 2014

domingo, 15 de marzo de 2009

DERROTA


DERROTA


Derrota, mi derrota, mi soledad y mi aislamiento;
me eres más querida que mil triunfos
y más dulce al corazón que toda la gloria del mundo.

Derrota, mi derrota, mi desafío y conocimiento de mí mismo,
por tí sé que aún soy joven y ligero de pies
y desdeñoso de los marchitos laureles.
En ti encontré perfecta soledad
y la alegría de ser humillado y despreciado.

Derrota, mi derrota, mi rutilante espada y mi escudo;
en tus ojos he leído
que ser entronizado es ser esclavizado,
que ser comprendido es ser rebajado
y ser entendido es tan sólo alcanzar la propia plenitud
y, como un fruto maduro, caer y consumirse.

Derrota, mi derrota, mi audaz compañera;
tú escucharás mis cantos, mis gritos y mis silencios;
y nadie sino tú me hablará del batir de alas,
del furor de los mares,
de montañas que arden en la noche;
y sólo tú escalarás mi escarpada y rocosa alma.

Derrota, mi derrota, mi inmortal valor;
tú y yo reiremos juntos con la tormenta,
juntos cavaremos fosas para todo lo que muere en nosotros
y nos erguiremos ante el sol con una voluntad,
y seremos peigrosos.

EL LOCO DE KHALIL GIBRAN
....
Mi tumulto de palabras sin sonido
y sin destino,
Mi cúmulo de sentimientos extraviados
en un túnel que no acaba...
Mi silencio ensordecedor de la noche
y mi inquieta soledad me acompañan...
Y Gibran también...

domingo, 23 de noviembre de 2008

EL ASNO Y LA ZORRA




EL ASNO Y LA ZORRA.

Un asno encontrò cierto dìa la piel de un leòn y se vistiò con ella.
Asì disfrazado corriò por campos y bosques,sembrando el terror entre los animales.
Habiendo descubierto a una zorra,quiso asustarla y no se contentò con lanzarse hacia ella,sino que al mismo tiempo,intento imitar al impresionante rugido del leòn.
-Señor mìo-Dijo la zorra-,si te hubieses callado,te habrìa tomado por leòn,como los demàs animales,pero ahora que oigo tus rebuznos,te reconozco y no me das miedo;no dejas de ser un pobre asno.


"Al hombre,como al asno,se le conoce por sus acciones"

ESOPO.

miércoles, 10 de septiembre de 2008

EL CORTEJO INVISIBLE...

¡Oh!, ¿quién pintó tu vestidillo, hijo mío? ¿Quién cubrió tu delicado cuerpo con esta túnica encarnada? Por la mañana saliste al patio para correr y jugar, tambaleándote y cayendo a cada instante.

Pero ¿quién pintó tu vestidillo, hijo mío? ¿Qué es lo que te hace reír, capullo de mi vida? Tu madre te sonríe, de pie en el umbral.

Cuando ella bate palmas y resuenan sus brazaletes, tú bailas como un pastorcillo, la caña de bambú en la mano.

Pero, ¿qué es lo que te hace reír, capullo de mi vida?

¡Oh, pequeño mendigo! ¿Qué le pides a tu madre, colgándote de su cuello con las dos manos? ¡Oh, corazoncito insaciable! ¿Quieres que tome la tierra del espacio, como se arranca un fruto, para ponerla en la palma de tu breve mano? ¡Oh, pequeño mendigo! ¿Qué pides?

La brisa se lleva alegremente el tintineo de las campanillas que adornan tus tobillos.

El sol contempla sonriente cómo te vistes.

El cielo está atento a tu sueño cuando duermes en brazos de tu madre, y por la mañana se acerca de puntillas a tu cuna para besarte los ojos.

Las campanillas tintinean alrededor de tus graciosos tobillos y su alegre son se esparce con la brisa.

El hada de los sueños cruza el crepúsculo volando hacia ti.

La madre universal tiene su trono junto a ti, en el mismo corazón de tu madre.

Hasta ti descendió aquél cuya música sólo perciben las estrellas, y está tocando su flauta ante tu ventana.

Y el hada de los sueños cruza el crepúsculo volando hacia ti.

FIN
Rabindranath Tagore


Sueña niño mìo
que yo arrullarè tu sueño
dulce y eterno...
10 Años ya...

miércoles, 6 de agosto de 2008

La función del arte/ 1

La función del arte/ 1

Diego no conocía la mar. El padre, Santiago Kovadloff, lo llevó a descubrirla.

Viajaron al sur. Ella, la mar, estaba más allá de los altos médanos, esperando.

Cuando el niños y su padres alcanzaron por fin aquellas cumbres de arena, después de mucho caminar, la mar estalló ante sus ojos. Y fue tanta la inmensidad de la mar, y tanto su fulgor, que el niño quedó mudo de hermosura.

Y cuando por fin consiguió hablar, temblando, tartamudeando, pidió a su padre:

¡Ayúdame a mirar!

(El libro de los abrazos)

EDUARDO GALEANO...


En el mundo de los ciegos el tuerto es rey.

martes, 5 de agosto de 2008

DILES QUE NO ME MATEN!!

¡Diles que no me maten!
[Cuento. Texto completo]
Juan Rulfo

-¡Diles que no me maten, Justino! Anda, vete a decirles eso. Que por caridad. Así diles. Diles que lo hagan por caridad.
-No puedo. Hay allí un sargento que no quiere oír hablar nada de ti.

-Haz que te oiga. Date tus mañas y dile que para sustos ya ha estado bueno. Dile que lo haga por caridad de Dios.

-No se trata de sustos. Parece que te van a matar de a de veras. Y yo ya no quiero volver allá.

-Anda otra vez. Solamente otra vez, a ver qué consigues.

-No. No tengo ganas de eso, yo soy tu hijo. Y si voy mucho con ellos, acabarán por saber quién soy y les dará por afusilarme a mí también. Es mejor dejar las cosas de este tamaño.

-Anda, Justino. Diles que tengan tantita lástima de mí. Nomás eso diles.

Justino apretó los dientes y movió la cabeza diciendo:

-No.

Y siguió sacudiendo la cabeza durante mucho rato.

Justino se levantó de la pila de piedras en que estaba sentado y caminó hasta la puerta del corral. Luego se dio vuelta para decir:

-Voy, pues. Pero si de perdida me afusilan a mí también, ¿quién cuidará de mi mujer y de los hijos?

-La Providencia, Justino. Ella se encargará de ellos. Ocúpate de ir allá y ver qué cosas haces por mí. Eso es lo que urge.

Lo habían traído de madrugada. Y ahora era ya entrada la mañana y él seguía todavía allí, amarrado a un horcón, esperando. No se podía estar quieto. Había hecho el intento de dormir un rato para apaciguarse, pero el sueño se le había ido. También se le había ido el hambre. No tenía ganas de nada. Sólo de vivir. Ahora que sabía bien a bien que lo iban a matar, le habían entrado unas ganas tan grandes de vivir como sólo las puede sentir un recién resucitado. Quién le iba a decir que volvería aquel asunto tan viejo, tan rancio, tan enterrado como creía que estaba. Aquel asunto de cuando tuvo que matar a don Lupe. No nada más por nomás, como quisieron hacerle ver los de Alima, sino porque tuvo sus razones. Él se acordaba:

Don Lupe Terreros, el dueño de la Puerta de Piedra, por más señas su compadre. Al que él, Juvencio Nava, tuvo que matar por eso; por ser el dueño de la Puerta de Piedra y que, siendo también su compadre, le negó el pasto para sus animales.

Primero se aguantó por puro compromiso. Pero después, cuando la sequía, en que vio cómo se le morían uno tras otro sus animales hostigados por el hambre y que su compadre don Lupe seguía negándole la yerba de sus potreros, entonces fue cuando se puso a romper la cerca y a arrear la bola de animales flacos hasta las paraneras para que se hartaran de comer. Y eso no le había gustado a don Lupe, que mandó tapar otra vez la cerca para que él, Juvencio Nava, le volviera a abrir otra vez el agujero. Así, de día se tapaba el agujero y de noche se volvía a abrir, mientras el ganado estaba allí, siempre pegado a la cerca, siempre esperando; aquel ganado suyo que antes nomás se vivía oliendo el pasto sin poder probarlo.

Y él y don Lupe alegaban y volvían a alegar sin llegar a ponerse de acuerdo. Hasta que una vez don Lupe le dijo:

-Mira, Juvencio, otro animal más que metas al potrero y te lo mato.

Y él contestó:

-Mire, don Lupe, yo no tengo la culpa de que los animales busquen su acomodo. Ellos son inocentes. Ahí se lo haiga si me los mata.

"Y me mató un novillo.

"Esto pasó hace treinta y cinco años, por marzo, porque ya en abril andaba yo en el monte, corriendo del exhorto. No me valieron ni las diez vacas que le di al juez, ni el embargo de mi casa para pagarle la salida de la cárcel. Todavía después, se pagaron con lo que quedaba nomás por no perseguirme, aunque de todos modos me perseguían. Por eso me vine a vivir junto con mi hijo a este otro terrenito que yo tenía y que se nombra Palo de Venado. Y mi hijo creció y se casó con la nuera Ignacia y tuvo ya ocho hijos. Así que la cosa ya va para viejo, y según eso debería estar olvidada. Pero, según eso, no lo está.

"Yo entonces calculé que con unos cien pesos quedaba arreglado todo. El difunto don Lupe era solo, solamente con su mujer y los dos muchachitos todavía de a gatas. Y la viuda pronto murió también dizque de pena. Y a los muchachitos se los llevaron lejos, donde unos parientes. Así que, por parte de ellos, no había que tener miedo.

"Pero los demás se atuvieron a que yo andaba exhortado y enjuiciado para asustarme y seguir robándome. Cada vez que llegaba alguien al pueblo me avisaban:

"-Por ahí andan unos fureños, Juvencio.

"Y yo echaba pal monte, entreverándome entre los madroños y pasándome los días comiendo verdolagas. A veces tenía que salir a la media noche, como si me fueran correteando los perros. Eso duró toda la vida . No fue un año ni dos. Fue toda la vida."

Y ahora habían ido por él, cuando no esperaba ya a nadie, confiado en el olvido en que lo tenía la gente; creyendo que al menos sus últimos días los pasaría tranquilos. "Al menos esto -pensó- conseguiré con estar viejo. Me dejarán en paz".

Se había dado a esta esperanza por entero. Por eso era que le costaba trabajo imaginar morir así, de repente, a estas alturas de su vida, después de tanto pelear para librarse de la muerte; de haberse pasado su mejor tiempo tirando de un lado para otro arrastrado por los sobresaltos y cuando su cuerpo había acabado por ser un puro pellejo correoso curtido por los malos días en que tuvo que andar escondiéndose de todos.

Por si acaso, ¿no había dejado hasta que se le fuera su mujer? Aquel día en que amaneció con la nueva de que su mujer se le había ido, ni siquiera le pasó por la cabeza la intención de salir a buscarla. Dejó que se fuera sin indagar para nada ni con quién ni para dónde, con tal de no bajar al pueblo. Dejó que se le fuera como se le había ido todo lo demás, sin meter las manos. Ya lo único que le quedaba para cuidar era la vida, y ésta la conservaría a como diera lugar. No podía dejar que lo mataran. No podía. Mucho menos ahora.

Pero para eso lo habían traído de allá, de Palo de Venado. No necesitaron amarrarlo para que los siguiera. Él anduvo solo, únicamente maniatado por el miedo. Ellos se dieron cuenta de que no podía correr con aquel cuerpo viejo, con aquellas piernas flacas como sicuas secas, acalambradas por el miedo de morir. Porque a eso iba. A morir. Se lo dijeron.

Desde entonces lo supo. Comenzó a sentir esa comezón en el estómago que le llegaba de pronto siempre que veía de cerca la muerte y que le sacaba el ansia por los ojos, y que le hinchaba la boca con aquellos buches de agua agria que tenía que tragarse sin querer. Y esa cosa que le hacía los pies pesados mientras su cabeza se le ablandaba y el corazón le pegaba con todas sus fuerzas en las costillas. No, no podía acostumbrarse a la idea de que lo mataran.

Tenía que haber alguna esperanza. En algún lugar podría aún quedar alguna esperanza. Tal vez ellos se hubieran equivocado. Quizá buscaban a otro Juvencio Nava y no al Juvencio Nava que era él.

Caminó entre aquellos hombres en silencio, con los brazos caídos. La madrugada era oscura, sin estrellas. El viento soplaba despacio, se llevaba la tierra seca y traía más, llena de ese olor como de orines que tiene el polvo de los caminos.

Sus ojos, que se habían apenuscado con los años, venían viendo la tierra, aquí, debajo de sus pies, a pesar de la oscuridad. Allí en la tierra estaba toda su vida. Sesenta años de vivir sobre de ella, de encerrarla entre sus manos, de haberla probado como se prueba el sabor de la carne. Se vino largo rato desmenuzándola con los ojos, saboreando cada pedazo como si fuera el último, sabiendo casi que sería el último.

Luego, como queriendo decir algo, miraba a los hombres que iban junto a él. Iba a decirles que lo soltaran, que lo dejaran que se fuera: "Yo no le he hecho daño a nadie, muchachos", iba a decirles, pero se quedaba callado. "Más adelantito se los diré", pensaba. Y sólo los veía. Podía hasta imaginar que eran sus amigos; pero no quería hacerlo. No lo eran. No sabía quiénes eran. Los veía a su lado ladeándose y agachándose de vez en cuando para ver por dónde seguía el camino.

Los había visto por primera vez al pardear de la tarde, en esa hora desteñida en que todo parece chamuscado. Habían atravesado los surcos pisando la milpa tierna. Y él había bajado a eso: a decirles que allí estaba comenzando a crecer la milpa. Pero ellos no se detuvieron.

Los había visto con tiempo. Siempre tuvo la suerte de ver con tiempo todo. Pudo haberse escondido, caminar unas cuantas horas por el cerro mientras ellos se iban y después volver a bajar. Al fin y al cabo la milpa no se lograría de ningún modo. Ya era tiempo de que hubieran venido las aguas y las aguas no aparecían y la milpa comenzaba a marchitarse. No tardaría en estar seca del todo.

Así que ni valía la pena de haber bajado; haberse metido entre aquellos hombres como en un agujero, para ya no volver a salir.

Y ahora seguía junto a ellos, aguantándose las ganas de decirles que lo soltaran. No les veía la cara; sólo veía los bultos que se repegaban o se separaban de él. De manera que cuando se puso a hablar, no supo si lo habían oído. Dijo:

-Yo nunca le he hecho daño a nadie -eso dijo. Pero nada cambió. Ninguno de los bultos pareció darse cuenta. Las caras no se volvieron a verlo. Siguieron igual, como si hubieran venido dormidos.

Entonces pensó que no tenía nada más que decir, que tendría que buscar la esperanza en algún otro lado. Dejó caer otra vez los brazos y entró en las primeras casas del pueblo en medio de aquellos cuatro hombres oscurecidos por el color negro de la noche.

-Mi coronel, aquí está el hombre.

Se habían detenido delante del boquete de la puerta. Él, con el sombrero en la mano, por respeto, esperando ver salir a alguien. Pero sólo salió la voz:

-¿Cuál hombre? -preguntaron.

-El de Palo de Venado, mi coronel. El que usted nos mandó a traer.

-Pregúntale que si ha vivido alguna vez en Alima -volvió a decir la voz de allá adentro.

-¡Ey, tú! ¿Que si has habitado en Alima? -repitió la pregunta el sargento que estaba frente a él.

-Sí. Dile al coronel que de allá mismo soy. Y que allí he vivido hasta hace poco.

-Pregúntale que si conoció a Guadalupe Terreros.

-Que dizque si conociste a Guadalupe Terreros.

-¿A don Lupe? Sí. Dile que sí lo conocí. Ya murió.

Entonces la voz de allá adentro cambió de tono:

-Ya sé que murió -dijo-. Y siguió hablando como si platicara con alguien allá, al otro lado de la pared de carrizos:

-Guadalupe Terreros era mi padre. Cuando crecí y lo busqué me dijeron que estaba muerto. Es algo difícil crecer sabiendo que la cosa de donde podemos agarrarnos para enraizar está muerta. Con nosotros, eso pasó.

"Luego supe que lo habían matado a machetazos, clavándole después una pica de buey en el estómago. Me contaron que duró más de dos días perdido y que, cuando lo encontraron tirado en un arroyo, todavía estaba agonizando y pidiendo el encargo de que le cuidaran a su familia.

"Esto, con el tiempo, parece olvidarse. Uno trata de olvidarlo. Lo que no se olvida es llegar a saber que el que hizo aquello está aún vivo, alimentando su alma podrida con la ilusión de la vida eterna. No podría perdonar a ése, aunque no lo conozco; pero el hecho de que se haya puesto en el lugar donde yo sé que está, me da ánimos para acabar con él. No puedo perdonarle que siga viviendo. No debía haber nacido nunca".

Desde acá, desde fuera, se oyó bien claro cuando dijo. Después ordenó:

-¡Llévenselo y amárrenlo un rato, para que padezca, y luego fusílenlo!

-¡Mírame, coronel! -pidió él-. Ya no valgo nada. No tardaré en morirme solito, derrengado de viejo. ¡No me mates...!

-¡Llévenselo! -volvió a decir la voz de adentro.

-...Ya he pagado, coronel. He pagado muchas veces. Todo me lo quitaron. Me castigaron de muchos modos. Me he pasado cosa de cuarenta años escondido como un apestado, siempre con el pálpito de que en cualquier rato me matarían. No merezco morir así, coronel. Déjame que, al menos, el Señor me perdone. ¡No me mates! ¡Diles que no me maten!.

Estaba allí, como si lo hubieran golpeado, sacudiendo su sombrero contra la tierra. Gritando.

En seguida la voz de allá adentro dijo:

-Amárrenlo y denle algo de beber hasta que se emborrache para que no le duelan los tiros.

Ahora, por fin, se había apaciguado. Estaba allí arrinconado al pie del horcón. Había venido su hijo Justino y su hijo Justino se había ido y había vuelto y ahora otra vez venía.

Lo echó encima del burro. Lo apretaló bien apretado al aparejo para que no se fuese a caer por el camino. Le metió su cabeza dentro de un costal para que no diera mala impresión. Y luego le hizo pelos al burro y se fueron, arrebiatados, de prisa, para llegar a Palo de Venado todavía con tiempo para arreglar el velorio del difunto.

-Tu nuera y los nietos te extrañarán -iba diciéndole-. Te mirarán a la cara y creerán que no eres tú. Se les afigurará que te ha comido el coyote cuando te vean con esa cara tan llena de boquetes por tanto tiro de gracia como te dieron.

FIN

viernes, 20 de junio de 2008

MACARIO

Estoy sentado junto a la alcantarilla aguardando a que salgan las ranas. Anoche, mientras estábamos cenando, comenzaron a armar el gran alboroto y no pararon de cantar hasta que amaneció. Mi madrina también dice eso: que la gritería de las ranas le espantó el sueño. Y ahora ella bien quisiera dormir. Por eso me mandó a que me sentara aquí, junto a la alcantarilla, y me pusiera con una tabla en la mano para que cuanta rana saliera a pegar de brincos afuera, la apalcuachara a tablazos... Las ranas son verdes de todo a todo, menos en la panza. Los sapos son negros. También los ojos de mi madrina son negros. Las ranas son buenas para hacer de comer con ellas. Los sapos no se comen; pero yo me los he comido también, aunque no se coman, y saben igual que las ranas. Felipa es la que dice que es malo comer sapos. Felipa tiene los ojos verdes como los ojos de los gatos. Ella es la que me da de comer en la cocina cada vez que me toca comer. Ella no quiere que yo perjudique a las ranas. Pero, a todo esto, es mi madrina la que me manda a hacer las cosas... Yo quiero más a Felipa que a mi madrina. Pero es mi madrina la que saca el dinero de su bolsa para que Felipa compre todo lo de la comedera. Felipa sólo se está en la cocina arreglando la comida de los tres. No hace otra cosa desde que yo la conozco. Lo de lavar los trastes a mí me toca. Lo de acarrear leña para prender el fogón también a mí me toca. Luego es mi madrina la que nos reparte la comida. Después de comer ella, hace con sus manos dos montoncitos, uno para Felipa y otro para mí. Pero a veces Felipa no tiene ganas de comer y entonces son para mí los dos montoncitos. Por eso quiero yo a Felipa, porque yo siempre tengo hambre y no me lleno nunca, ni aun comiéndome la comida de ella. Aunque digan que uno se llena comiendo, yo sé bien que no me lleno por más que coma todo lo que me den. Y Felipa también sabe eso... Dicen en la calle que yo estoy loco porque jamás se me acaba el hambre. Mi madrina ha oído que eso dicen. Yo no lo he oído. Mi madrina no me deja salir solo a la calle. Cuando me saca a dar la vuelta es para llevarme a la iglesia a oír misa. Allí me acomoda cerquita de ella y me amarra las manos con las barbas de su rebozo. Yo no sé por qué me amarra mis manos; pero dice que porque dizque luego hago locuras. Un día inventaron que yo andaba ahorcando a alguien; que le apreté el pescuezo a una señora nada más por nomás. Yo no me acuerdo. Pero, a todo esto, es mi madrina la que dice lo que yo hago y ella nunca anda con mentiras. Cuando me llama a comer, es para darme mi parte de comida, y no como otra gente que me invitaba a comer con ellos y luego que me les acercaba me apedreaban hasta hacerme correr sin comida ni nada. No, mi madrina me trata bien. Por eso estoy contento en su casa. Además, aquí vive Felipa. Felipa es muy buena conmigo. Por eso la quiero... La leche de Felipa es dulce como las flores del obelisco. Yo he bebido leche de chiva y también de puerca recién parida; pero no, no es igual de buena que la leche de Felipa... Ahora ya hace mucho tiempo que no me da a chupar de los bultos esos que ella tiene donde tenemos solamente las costillas, y de donde le sale, sabiendo sacarla, una leche mejor que la que nos da mi madrina en el almuerzo de los domingos... Felipa antes iba todas las noches al cuarto donde yo duermo, y se arrimaba conmigo, acostándose encima de mí o echándose a un ladito. Luego se las ajuareaba para que yo pudiera chupar de aquella leche dulce y caliente que se dejaba venir en chorros por la lengua... Muchas veces he comido flores de obelisco para entretener el hambre. Y la leche de Felipa era de ese sabor, sólo que a mí me gustaba más, porque, al mismo tiempo que me pasaba los tragos, Felipa me hacia cosquillas por todas partes. Luego sucedía que casi siempre se quedaba dormida junto a mí, hasta la madrugada. Y eso me servía de mucho; porque yo no me apuraba del frío ni de ningún miedo a condenarme en el infierno si me moría yo solo allí, en alguna noche... A veces no le tengo tanto miedo al infierno. Pero a veces sí. Luego me gusta darme mis buenos sustos con eso de que me voy a ir al infierno cualquier día de éstos, por tener la cabeza tan dura y por gustarme dar de cabezazos contra lo primero que encuentro. Pero viene Felipa y me espanta mis miedos. Me hace cosquillas con sus manos como ella sabe hacerlo y me ataja el miedo ese que tengo de morirme. Y por un ratito hasta se me olvida... Felipa dice, cuando tiene ganas de estar conmigo, que ella le cuenta al Señor todos mis pecados. Que irá al cielo muy pronto y platicará con Él pidiéndole que me perdone toda la mucha maldad que me llena el cuerpo de arriba abajo. Ella le dirá que me perdone, para que yo no me preocupe más. Por eso se confiesa todos los días. No porque ella sea mala, sino porque yo estoy repleto por dentro de demonios, y tiene que sacarme esos chamucos del cuerpo confesándose por mí. Todos los días. Todas las tardes de todos los días. Por toda la vida ella me hará ese favor. Eso dice Felipa. Por eso yo la quiero tanto... Sin embargo, lo de tener la cabeza así de dura es la gran cosa. Uno da de topes contra los pilares del corredor horas enteras y la cabeza no se hace nada, aguanta sin quebrarse. Y uno da de topes contra el suelo; primero despacito, después más recio y aquello suena como un tambor. Igual que el tambor que anda con la chirimía, cuando viene la chirimía a la función del Señor. Y entonces uno está en la iglesia, amarrado a la madrina, oyendo afuera el tum tum del tambor... Y mi madrina dice que si en mi cuarto hay chinches y cucarachas y alacranes es porque me voy a ir a arder en el infierno si sigo con mis mañas de pegarle al suelo con mi cabeza. Pero lo que yo quiero es oír el tambor. Eso es lo que ella debería saber. Oírlo, como cuando uno está en la iglesia, esperando salir pronto a la calle para ver cómo es que aquel tambor se oye de tan lejos, hasta lo hondo de la iglesia y por encima de las condenaciones del señor cura...: "El camino de las cosas buenas está lleno de luz. El camino de las cosas malas es oscuro." Eso dice el señor cura... Yo me levanto y salgo de mi cuarto cuando todavía está a oscuras. Barro la calle y me meto otra vez en mi cuarto antes que me agarre la luz del día. En la calle suceden cosas. Sobra quién lo descalabre a pedradas apenas lo ven a uno. Llueven piedras grandes y filosas por todas partes. Y luego hay que remendar la camisa y esperar muchos días a que se remienden las rajaduras de la cara o de las rodillas. Y aguantar otra vez que le amarren a uno las manos, porque si no ellas corren a arrancar la costra del remiendo y vuelve a salir el chorro de sangre. Ora que la sangre también tiene buen sabor aunque, eso sí, no se parece al sabor de la leche de Felipa... Yo por eso, para que no me apedreen, me vivo siempre metido en mi casa. En seguida que me dan de comer me encierro en mi cuarto y atranco bien la puerta para que no den conmigo los pecados mirando que aquello está a oscuras. Y ni siquiera prendo el ocote para ver por dónde se me andan subiendo las cucarachas. Ahora me estoy quietecito. Me acuesto sobre mis costales, y en cuanto siento alguna cucaracha caminar con sus patas rasposas por mi pescuezo le doy un manotazo y la aplasto. Pero no prendo el ocote. No vaya a suceder que me encuentren desprevenido los pecados por andar con el ocote prendido buscando todas las cucarachas que se meten por debajo de mi cobija... Las cucarachas truenan como saltapericos cuando uno las destripa. Los grillos no sé si truenen. A los grillos nunca los mato. Felipa dice que los grillos hacen ruido siempre, sin pararse ni a respirar, para que no se oigan los gritos de las animas que están penando en el purgatorio. El día en que se acaben los grillos, el mundo se llenará de los gritos de las ánimas santas y todos echaremos a correr espantados por el susto. Además, a mí me gusta mucho estarme con la oreja parada oyendo el ruido de los grillos. En mi cuarto hay muchos. Tal vez haya más grillos que cucarachas aquí entre las arrugas de los costales donde yo me acuesto. También hay alacranes. Cada rato se dejan caer del techo y uno tiene que esperar sin resollar a que ellos hagan su recorrido por encima de uno hasta llegar al suelo. Porque si algún brazo se mueve o empiezan a temblarle a uno los huesos, se siente en seguida el ardor del piquete. Eso duele. A Felipa le picó una vez uno en una nalga. Se puso a llorar y a gritarle con gritos queditos a la Virgen Santísima para que no se le echara a perder su nalga. Yo le unté saliva. Toda la noche me la pasé untándole saliva y rezando con ella, y hubo un rato, cuando vi que no se aliviaba con mi remedio, en que yo también le ayudé a llorar con mis ojos todo lo que pude... De cualquier modo, yo estoy más a gusto en mi cuarto que si anduviera en la calle, llamando la atención de los amantes de aporrear gente. Aquí nadie me hace nada. Mi madrina no me regaña porque me vea comiéndome las flores de su obelisco, o sus arrayanes, o sus granadas. Ella sabe lo entrado en ganas de comer que estoy siempre. Ella sabe que no se me acaba el hambre. Que no me ajusta ninguna comida para llenar mis tripas aunque ande a cada rato pellizcando aquí y allá cosas de comer. Ella sabe que me como el garbanzo remojado que le doy a los puercos gordos y el maíz seco que le doy a los puercos flacos. Así que ella ya sabe con cuánta hambre ando desde que me amanece hasta que me anochece. Y mientras encuentre de comer aquí en esta casa, aquí me estaré. Porque yo creo que el día en que deje de comer me voy a morir, y entonces me iré con toda seguridad derechito al infierno. Y de allí ya no me sacará nadie, ni Felipa, aunque sea tan buena conmigo, ni el escapulario que me regaló mi madrina y que traigo enredado en el pescuezo... Ahora estoy junto a la alcantarilla esperando a que salgan las ranas. Y no ha salido ninguna en todo este rato que llevo platicando. Si tardan más en salir, puede suceder que me duerma, y luego ya no habrá modo de matarlas, y a mi madrina no le llegará por ningún lado el sueño si las oye cantar, y se llenará de coraje. Y entonces le pedirá, a alguno de toda la hilera de santos que tiene en su cuarto, que mande a los diablos por mí, para que me lleven a rastras a la condenación eterna, derechito, sin pasar ni siquiera por el purgatorio, y yo no podré ver entonces ni a mi papá ni a mi mamá que es allí donde están... Mejor seguiré platicando... De lo que más ganas tengo es de volver a probar algunos tragos de la leche de Felipa, aquella leche buena y dulce como la miel que le sale por debajo a las flores del obelisco...

JUAN RULFO

viernes, 13 de junio de 2008

EL ESPEJO

Solea el sol y se lleva los restos de sombra que ha dejado la noche. Los carros de caballos recogen, puerta por puerta, la basura. En el aire tiende la araña sus hilos de baba.

El tornillo camina las calles de Melo. En el pueblo lo tienen por loco. EL lleva un espejo en la mano y se mira con el ceño fruncido. No quita los ojos del espejo.

- ¿Qué haces, Tornillo?

-Aquí- dice-. Controlando al enemigo.


EDUARDO GALEANO
(Las palabras andantes)



---Espejito,espejito
dime que ves
con tu mirada...

martes, 6 de mayo de 2008

Los sueños olvidados...

Helena soñó que se dejaba los sueños olvidados en una isla.
Claribel Alegría recogía los sueños, los ataba con una cinta y
los guardaba bien guardados. Pero los niños de la casa
descubrían el escondite y querían ponerse los sueños de Helena, y
Claribel, enojada, les decía:
- Eso no se toca.
Entonces Claribel llamaba a Helena por teléfono y le preguntaba:
- Qué hago con tus sueños?

Eduardo Galeano, Libro de los Abrazos



Sueña,sueña...no hay que dejar que las realidades de la vida,nos roben nuestros sueños.

jueves, 24 de abril de 2008

EL MUNDO

Un hombre del pueblo Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo.

A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.

El mundo es eso- reveló-. Un montón de gente, un mar de fueguitos.

Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas.

Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acercan, se enciende.

(El libro de los abrazos)

Eduardo Galeano.

lunes, 21 de abril de 2008

Un cuento sin tìtulo...

No conozco el autor,ni el tìtulo,ni nunca lo habìa escuchado antes,me lo platicaron hace unos dìas.
Si alguien sabe el origen agadecere algùn comentario para hacerle honor a quien honor merece.

Un hombre vivìa con su familia.Esposa,su hijo y su anciano padre.Vivìan con los altibajos de la vida (como todos).Un dìa la mujer harta de atender al viejo anciano,
le reclamo airada a su marido:
-Estoy harta de cuidar a tu padre.Haber si haces algo al respecto.
Despuès de mucha discusiòn decidieron mandarlo al granero.Juan (lo llamaremos asì) llamo a su hijo y le dijo:
-Ayuda a tu abuelo a llevar todas sus cosas al granero,ya no vivira màs en esta casa,
es una carga muy pesada para mì y tu madre.
El muchacho aùn un adolescente,miro a su padre y obedecio.
El pobre viejo viviò en el granero por algùn tiempo,su alimento lo llevaba su nieto.
Asì paso algùn tiempo, hasta que la esposa de Juan empezò a quejarse otra vez.
-No hay diferencia sigue siendo tu padre una carga muy pesada para nosotros el mantenerlo,haz algo!
-Juan sin una pizca de compasiòn decidio echar a su padre del hogar,del granero,de su vida.Fue con su hijo y le dijo:
-Ayuda a empacar a tu abuelo se irà de la casa para siempre,pero antes dale la cobija con que se ha cubierto del frìo para que no lo padezca a la interperie.
El hijo miro a su padre y obedeciò sin decir palabra.
Ayudo a su anciano abuelo a empacar pero no le dio la cobija como le habìa dicho Juan sino que la partio en dos y sòlo le dio la mitad.El viejo se fue.
Juan,màs tarde se acerco al granero para cerciorarse que sus ordenes habìan sido cumplidas,grande fue su sorpresa al ver la mitad de la cobija.
Fue en busca de su hijo al cual le reclamo:
Te dije que le dieras la cobija a tu abuelo!Porquè sòlo le has dado la mitad?
A lo que su hijo le respondiò:
-Guarde la otra mitad padre para cuando llegue el momento que usted se vaya.

FIN.

Mi propia reacciòn al respecto:La ingratitud es muy triste,nunca hay que ejercerla.

La reacciòn de la historia:
de mijo: Muy triste pero educativa
de un amigo: Con la vara que mides seràs medido
de mi madre: la misma.

Cual es la tuya?

lunes, 21 de enero de 2008

DOS LOBOS



Dos lobos +


Un anciano Cherokee enseñaba a su nieto acerca de la vida. "Una pelea
pasa dentro de mí", le dijo al chico.

"Es una pelea terrible y es entre dos lobos. Uno es malo - el es la
ira, la envidia, la pena, la avaricia, la arrogancia, la autocompasión,
la culpa, el resentimiento, la inferioridad, las mentiras, el falso
orgullo, la superioridad, y el ego".

Continuó, "El otro es bueno - el es la alegría, la paz, el amor, la
esperanza, la serenidad, la humildad, la bondad, la benevolencia, la
empatía, la generosidad, la verdad, la compasión, y la fe. La misma
pelea pasa dentro de ti - y dentro de cada persona, también".

El nieto pensó acerca de ello por un momento y entonces preguntó a su
abuelo, "¿Cuál lobo ganará?".

El anciano Cherokee simplemente contestó:

"El que tú alimentes".



Leyenda Cherokee

viernes, 18 de enero de 2008

LA NOCHE Y EL LOCO




SOY COMO TÚ, ¡oh Noche!: oscuro y desnudo. Ando por el llameante sendero que se extiende sobre el sueño de mi vida, y doquiera pise mi pie la tierra, brota allí un gigantesco encino.

--No, tú no eres como yo, ¡oh Loco! porque aun miras hacia atrás para ver cuán grande es la huella de tus pies en la arena.

--Soy como tú, ¡oh Noche!: silencioso y profundo y en el corazón de mi soledad hay una diosa en alumbramiento y en el que está naciendo, se tocan el Cielo y el Infierno.

--No, tú no eres como yo, ¡oh Loco! porque aun tiemblas ante el dolor y la canción del abismo te espanta.

--Soy como tú, ¡oh Noche!: salvaje y terrible, porque mis oídos están repletos de gemidos de naciones conquistadas y con suspiros de reinos olvidados.

--No, tú no eres como yo, ¡oh Loco! porque aun tienes por camarada a tu Yo pequeño, y no puedes ser amigo de tu Yo gigante.

--Soy como tú, ¡oh Noche!: cruel y terrible; porque mi pecho está encendido por naves que arden en el mar y mis labios están húmedos con la sangre de los guerreros muertos.

--No, tú no eres como yo, ¡oh Loco! porque aun te domina el deseo de un espíritu hermano, y no has llegado a ser una ley para ti mismo.

--Soy como tú, ¡oh Noche!: Alegre y feliz; porque aquel que habita en mi sombra, está ahora ebrio con vino virgen, y aquella que me sigue peca jubilosamente.

--No, tú no eres como yo, ¡oh Loco! porque tu alma está envuelta en el velo de siete pliegues y no llevas tu corazón en tus manos.

--Soy como tú, ¡oh Noche!: paciente y apasionado; porque en mi pecho, mil amantes muertos están sepultados en sudarios de besos marchitos.

--¡Oh Loco! ¿Eres en verdad, como yo? ¿Eres como yo? ¿Puedes tomar la tempestad por montura y empuñar el relámpago como espada?

--Como tú ¡oh Noche! como tú: alto y poderoso; y mi trono está edificado sobre montones de dioses caídos; y ante mí también pasan los días para besar los bordes de mi vestido, pero jamás para mirarme al rostro.

--¿Eres como yo, oh hijo de mi más oscuro corazón? ¿Y piensas mis indomados pensamientos y hablas mi vasto lenguaje?

--Sí, como hermanos gemelos, ¡oh Noche! porque tú revelas el espacio y yo revelo mi alma.

KHALIL GIBRAN

viernes, 5 de octubre de 2007

UN LADRON EN EL CIELO

Un ladrón en el cielo.

Érase un ladrón que ya era muy viejo y no podía hacer su trabajo de manera que se moría de hambre. Un hombre rico lo supo y mandó que le llevaran comida. Sucedió que los dos murieron al mismo tiempo en un gran desastre natural; cuando llegaron a la corte celestial el hombre rico fue juzgado y condenado por numerosas faltas de manera que se le mandó al infierno. Al llegar allí apareció un ángel diciendo que la sentencia había sido revisada y se le mandó directamente al cielo. El ladrón a quién había ayudado había robado las lista de sus fechorías.

martes, 25 de septiembre de 2007

YO ESTOY AQUI POR TI Y TU POR MI...

18. Yo estoy aquí por ti y tú por mí.

Nasrudín, caminaba tranquilamente por el campo un día soleado. Mientras miraba el paisaje observó que delante de él otra persona también caminaba en la misma dirección. En cierto momento este miró hacia atrás y vio a Nasrudín a cierta distancia. Entonces pensó: seguramente es un atracador y está esperando la oportunidad para quitármelo todo. En ese momento empezó a correr despavorido.
Nasrudín que lo observaba desde atrás con atención, al verlo correr de esa forma, pensó: seguramente le ha pasado algo y necesita ayuda, y entonces él también empezó a correr a toda velocidad. De esta forma los dos corrían por el campo uno tras otro. El primer hombre ya no podía más y en su debilidad tropezó con una piedra, rodó por el suelo y quedó medio atrapado entre unos matorrales; se quedó allí quieto y agazapado con la esperanza de que Nasrudín no le viera cuando pasara. Pero Nasrudín tropezó justo en la misma piedra, rodó igualmente y fue a parar justo encima del hombre. Éste gritaba:
-Por favor no me hagas nada.
Nasrudín quedó sorprendido, se quedó mirando a la otra persona y dijo:
-Sabes qué, creo que tú estás aquí por mí y yo estoy aquí por ti.